Aprovecho esta ventana pública para hacer un ruego
Se que Otto Ackermann, traductor en la División Azul, casó poco despues del fin de la guerra en Barcelona. Perdí su pista. ¿Algun amable lector sabe de él, de sus hijos si los tuvo?
Gracias.
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lunes, 8 de diciembre de 2008
jueves, 20 de noviembre de 2008
Hace un año
Aproximadamente hace un año, supe de la muerte de Antonio Arias. Hace un tiempo que no logro orillar su recuerdo para centrarme en otros asuntos. A menudo, mis amigos muertos me visitan y con ellos, paradójicamente, me siento vivo. Vivo en un mundo podrido que está más muerto que ellos, rodeado de jóvenes de veinte años más viejos que yo, con pocas y brillantes excepciones.
El recuerdo de Antonio y otros logra, junto con las visitas de Alicia, Fernando, Eduardo, Manolo, y un nuevo amigo del que hablaré en otro momento, devolverme la confianza en mis conciudadanos.
Antonio fue un excelente camarada, al que perdí la pista tras su jubilación, que decidió pasar en Alicante, fue de los que contaban con un espíritu más recio.
Alistado con 16 años, formó parte de la primera división. Un tipo formidable, inquebrantable, con el que me hubiera gustado reflexionar sobre la garzonada con marcha atrás. Estoy seguro de que Antonio hubiera hecho llegar hasta el propio juez sus reflexiones sobre el asunto.
¡Camarada Antonio Arias Rodriguez!
¡Presente!
El recuerdo de Antonio y otros logra, junto con las visitas de Alicia, Fernando, Eduardo, Manolo, y un nuevo amigo del que hablaré en otro momento, devolverme la confianza en mis conciudadanos.
Antonio fue un excelente camarada, al que perdí la pista tras su jubilación, que decidió pasar en Alicante, fue de los que contaban con un espíritu más recio.
Alistado con 16 años, formó parte de la primera división. Un tipo formidable, inquebrantable, con el que me hubiera gustado reflexionar sobre la garzonada con marcha atrás. Estoy seguro de que Antonio hubiera hecho llegar hasta el propio juez sus reflexiones sobre el asunto.
¡Camarada Antonio Arias Rodriguez!
¡Presente!
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Fragmentos del pasado
lunes, 2 de junio de 2008
Retazos del pasado
Intentando encontrar un recorte antiguo para un amigo, di con un papel viejo, de 1943 o 1944, con reflexiones mías de aquella época sobre un personaje que me deslumbró. Por aquel entonces acariciaba la idea de escribir unas memorias sobre el infierno blanco, lo que dejé correr, primero por las circunstancias de la vida, y segundo porque poco a poco fui viendo libros que contaban lo mismo que yo hubiera podido contar, pero mejor. De aquellos papeles pocos sobrevivieron a distintas mudanzas.
Vamos al papel que mencionaba. Conocí en Rusia, muy brevemente, pues regresé al poco tiempo, a un capitán, que procedía de las JAP. No las tenía todas conmigo por esto mismo, pero su sencillez, su nobleza y, porqué no decirlo, por que era muy bruto y eso a los levantinos siempre nos ha parecido un rasgo simpático, rompió toda barrera mental. Profundamente religioso, era alguien sin dobleces, igual paño al derecho y al revés.
Fue uno de los que murieron en Krasny Bor. Me contaron, años después, que murió gritando ¡Viva España! y cantando el Cara al Sol, lo que anoté tardíamente con tinta de distinto trazo.
Alfredo Miranda no era un camisa vieja, ni tan siquiera un simpatizante en los años de la persecución. Pero se ganó a la fuerza un hueco en los luceros, al lado de los mejores.
Quisiera pedir a los lectores de estas líneas, pocos o muchos, una oración por él.
¡Capitán Alfredo Miranda!
¡Presente!
Vamos al papel que mencionaba. Conocí en Rusia, muy brevemente, pues regresé al poco tiempo, a un capitán, que procedía de las JAP. No las tenía todas conmigo por esto mismo, pero su sencillez, su nobleza y, porqué no decirlo, por que era muy bruto y eso a los levantinos siempre nos ha parecido un rasgo simpático, rompió toda barrera mental. Profundamente religioso, era alguien sin dobleces, igual paño al derecho y al revés.
Fue uno de los que murieron en Krasny Bor. Me contaron, años después, que murió gritando ¡Viva España! y cantando el Cara al Sol, lo que anoté tardíamente con tinta de distinto trazo.
Alfredo Miranda no era un camisa vieja, ni tan siquiera un simpatizante en los años de la persecución. Pero se ganó a la fuerza un hueco en los luceros, al lado de los mejores.
Quisiera pedir a los lectores de estas líneas, pocos o muchos, una oración por él.
¡Capitán Alfredo Miranda!
¡Presente!
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Fragmentos del pasado
martes, 29 de abril de 2008
Un vídeo
Mi nieta Alicia vino a mi casa emocionada ayer por la tarde. Me quería enseñar un vídeo que le gustó mucho. Lo ví y la verdad es que, no se si producto de la edad, o del cariño que se derrama del video, me emocioné también yo. Muchos recuerdos, más por la banda sonora que por las imágenes.
Le pedí que me hiciera el favor de colocarlo aquí y eso estamos haciendo entre los dos. Gracias, niña.
Yo tenía un camarada, de entre todos el mejor.
No, uno no. Veinte mil. Esperadme en los luceros.
Le pedí que me hiciera el favor de colocarlo aquí y eso estamos haciendo entre los dos. Gracias, niña.
Yo tenía un camarada, de entre todos el mejor.
No, uno no. Veinte mil. Esperadme en los luceros.
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Fragmentos del pasado
sábado, 1 de marzo de 2008
Historia y Vida
Durante años fui fiel a esa revista. En sus orígenes estupenda, se fue estropeando de tal manera, que a menos de que algo me llame poderosamente la atención, prescindo de su compra y aun más de su lectura.
Este mes, desde la portada un artículo sobre Talleyrand me llamaba a gritos. Respondí y la compré.
Y la leí.
Casi todo iba bien (bueno, eso es una mentira piadosa) hasta que me encontré con un artículo llamado "Males de importación", firmado por Cristina Sáez (que afirma ser periodista, con dos narices), sobre las enfermedades del antiguo mundo que llegaron al nuevo con los españoles: gripe, viruela, sarampión... algo interesante para un enamorado de la historia de América y la de España, que en buena parte viene a ser lo mismo.
Hasta que me topé con la descripción de "el mayor genocidio de la historia de la humanidad" y un estúpido cuadro dedicado al uso intencionado de microorganismos como estrategia de guerra.
No son motivos derivados del miedo a que algo pueda pasarme por decir que lo pienso: soy demasiado viejo para ir a la cárcel. Ni responde a mi perfil el mantener escrupulosamente las formas. Pero uno pretende ser un caballero hasta el final y no puede decir en público las gruesas palabras que me cruzaron por la imaginación asociadas al nombre de la señorita que firma ese libelo.
Este mes, desde la portada un artículo sobre Talleyrand me llamaba a gritos. Respondí y la compré.
Y la leí.
Casi todo iba bien (bueno, eso es una mentira piadosa) hasta que me encontré con un artículo llamado "Males de importación", firmado por Cristina Sáez (que afirma ser periodista, con dos narices), sobre las enfermedades del antiguo mundo que llegaron al nuevo con los españoles: gripe, viruela, sarampión... algo interesante para un enamorado de la historia de América y la de España, que en buena parte viene a ser lo mismo.
Hasta que me topé con la descripción de "el mayor genocidio de la historia de la humanidad" y un estúpido cuadro dedicado al uso intencionado de microorganismos como estrategia de guerra.
No son motivos derivados del miedo a que algo pueda pasarme por decir que lo pienso: soy demasiado viejo para ir a la cárcel. Ni responde a mi perfil el mantener escrupulosamente las formas. Pero uno pretende ser un caballero hasta el final y no puede decir en público las gruesas palabras que me cruzaron por la imaginación asociadas al nombre de la señorita que firma ese libelo.
miércoles, 2 de enero de 2008
Feliz Navidad (atrasada)
Gracias a los que os habeis interesado pro mi silencio. Las causas son muy mundanas: con hijos repartidos por la piel de toro, uno parece un zíngaro en fechas como estas.
Este año, me ha tocado Madrid.
Que recuerdos...
Este año, me ha tocado Madrid.
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Fragmentos del pasado
miércoles, 19 de diciembre de 2007
Fill temperament hispano
Camino de Grigorowo, echando un pitillo con un camarada que después llegó a ser un estupendo periodista en NO-DO, Pío Ballesteros, quien a pesar de sus escarceos con CC.OO. hizo un papel estupendo presentando un documental sobre la división azul que se emitió en TVE cuando Rajoy llevaba pañales, tuvimos una visión de ensueño: vimos pasar a un guripa ¡con una vaca como mascota!.
Los alemanes, cuando veían cosas como esa, o cuando descubrían estampas como la de aquel guripa quien, prescindiendo de la uniformidad, llevaba en la cabeza un sombrero hongo sacado de algún lugar ignorado, pensaban que estábamos locos.
Más adelante, cuando nos veían lanzarnos a la muerte cantando, y no sólo canciones que podían ser épicas sino también de cachondeo, tal y como si fuéramos a una kermesse, ya no pensaban que estábamos locos: lo daban por confirmado.
Para identificar a un español, lo tenían fácil: si hablaban a gritos y se reían de todo, estaba claro. Y si andaban solos, y lo hacían a saltos y con las manos en los bolsillos, también.
En los primeros días, cuando estábamos en Hof, recuerdo un pequeño conflicto con el Coronel Bandín. Al coronel le gustaban las mujeres más que a mi el dulce de membrillo, lo que ya es decir. Pues bien, algunos camaradas enseñamos a las froilans a saludar en castellano, para que pudieran presentarle sus respetos al coronel. La cara que puso cuando un aluvión de mozas guapas como ellas solas le repetían "Mi Coronel tengo un culo muy bonito" merecería formar parte del anecdotario universal. Era ese chicoleo el que hacía exclamar a los alemanes, cuando nos veían timarnos con alemanas, polacas, rusas... de igual manera que lo hubiéramos hecho en Ruzafa o Vicálvaro, una frase: "fill temperament hispano".
Hoy, los españoles hemos perdido ese "fill temperament hispano". Los españoles de a pie parecen europeos en el peor sentido de la palabra. Hay un exceso de borrachos. Pero no borrachos por lo alegre, sino por rutina, que es muy grave. Hay una pérdida de lo espontáneo, un exceso de planificación. Un olvido de la familia, de los amigos, sustituidos por el bar y la TV. Pero lo más grave: estamos perdiendo la España donde nacimos.
Quizá sean estos días buen momento para reflexionar sobre lo que estamos dejando escapar, como la arena que se escurría por los dedos de mis hijos en la playa de la Malvarrosa.
Los alemanes, cuando veían cosas como esa, o cuando descubrían estampas como la de aquel guripa quien, prescindiendo de la uniformidad, llevaba en la cabeza un sombrero hongo sacado de algún lugar ignorado, pensaban que estábamos locos.
Más adelante, cuando nos veían lanzarnos a la muerte cantando, y no sólo canciones que podían ser épicas sino también de cachondeo, tal y como si fuéramos a una kermesse, ya no pensaban que estábamos locos: lo daban por confirmado.
Para identificar a un español, lo tenían fácil: si hablaban a gritos y se reían de todo, estaba claro. Y si andaban solos, y lo hacían a saltos y con las manos en los bolsillos, también.
En los primeros días, cuando estábamos en Hof, recuerdo un pequeño conflicto con el Coronel Bandín. Al coronel le gustaban las mujeres más que a mi el dulce de membrillo, lo que ya es decir. Pues bien, algunos camaradas enseñamos a las froilans a saludar en castellano, para que pudieran presentarle sus respetos al coronel. La cara que puso cuando un aluvión de mozas guapas como ellas solas le repetían "Mi Coronel tengo un culo muy bonito" merecería formar parte del anecdotario universal. Era ese chicoleo el que hacía exclamar a los alemanes, cuando nos veían timarnos con alemanas, polacas, rusas... de igual manera que lo hubiéramos hecho en Ruzafa o Vicálvaro, una frase: "fill temperament hispano".
Hoy, los españoles hemos perdido ese "fill temperament hispano". Los españoles de a pie parecen europeos en el peor sentido de la palabra. Hay un exceso de borrachos. Pero no borrachos por lo alegre, sino por rutina, que es muy grave. Hay una pérdida de lo espontáneo, un exceso de planificación. Un olvido de la familia, de los amigos, sustituidos por el bar y la TV. Pero lo más grave: estamos perdiendo la España donde nacimos.
Quizá sean estos días buen momento para reflexionar sobre lo que estamos dejando escapar, como la arena que se escurría por los dedos de mis hijos en la playa de la Malvarrosa.
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sábado, 10 de noviembre de 2007
Color cobre
A finales de los 50 y principios de los 60 el trabajo me llevó a Paraguay. Nos llevó, no era asunto de meses sino de años, así que mi mujer e hijos vinieron conmigo. Allí, uno de mis hijos llegó adolescente y salió convertido en hombre. Muchas cosas cambiaron en aquellos pocos años.
Aunque en Paraguay la mezcla étnica es distinta que en otros países de hispanoamérica, el servicio doméstico, al menos en la ciudad y más concretamente en la colonia donde vivimos, parecía venida directamente de tiempos precolombinos.
Nuestra cocinera, a la que nosotros llamábamos Sandra porque su nombre en zamuco se aproximaba bastante, era una chica excelente. Leal como nadie pero promiscua como ella sola. Tenia una niña de la que imagino tenía tanta idea de quien podría haber sido su padre como el resto de nosotros. La niña y ella siempre estaban juntas, no se despegaban, hasta que la convencimos para que recibiera las mismas clases que mi hijo pequeño, ya que mis hijos seguían planes de estudio españoles en casa, con un profesor particular, previniendo el regreso a la patria, por evitar lo que ahora se llama fracaso escolar.
He dicho que Sandra era leal. Lo fue tanto que murió enfrentándose a un ladrón que entró en la casa cuando nosotros pasábamos unos días de descanso en Concepción. Nos avisaron de la embajada y regresamos a escape. La niña nos esperaba llorando en las dependencias de la embajada. Decidimos que la hija de Sandra, Sandra también, seguiría viviendo con nosotros. Y cuando regresamos a Madrid, mi mujer y yo, con el decidido apoyo de mi hijo mayor, decidimos que vendría con nosotros a España. El propio Stroessner lo autorizó, y facilitó todo a golpe de teléfono.
Hoy, esa pequeña es una mujer ya madura, casada con aquel hijo mio que se hizo hombre allí, y cuñada del pequeño que compartía clases con ella, y del resto de la prole. Piel de cobre y corazón de oro. Quizá por aquello de que el roce hace el cariño, por vivir juntos tanto tiempo sin compartir la misma sangre, o porque los dos son almas limpias y estaban destinadas a unirse, ambos están entrando en la vejez juntos, de la mano, sin el más ligero sobresalto durante todo su matrimonio. Nosotros tuvimos dos hijos en uno, y ellos eso se ahorraron en suegros.
Recuerdo aquella noche en Madrid, con toda la familia de pie frente al televisor para ver los primeros pasos del hombre en la luna. Y la recuerdo porque esa noche, Eduardo, el niño que dejó de serlo en Paraguay, me contó lo que sentía por Sandra hacía ya un tiempo, y que su madre y yo ya conocíamos. Sandra ya no era una niña pequeña. Ni siquiera era una niña, era una belleza. Y una excelente persona.
Uno de mis nietos, hijo de Sandra, ya a punto de formar hogar por su cuenta me contaba como frecuentemente lo toman por un inmigrante, y se sorprenden de verlo no levantando paredes, sino con los papeles de arquitecto bajo el brazo. Y tiene miedo de que, tal y como va la sociedad, sus futuros hijos, mis bisnietos, sufran la ira de una sociedad que el ignoró en su infancia.
Por eso, cuando veo a algún idiota que mancilla nuestra simbología, la que paseamos con tanto honor recorriendo media Europa a pie, asociándola a esos comportamientos propios de cretinos, siento una profunda vergüenza ajena.
Quien piense que los falangistas somos racistas es, bien por desconocimiento absoluto, por no haber leído con calma a José Antonio... o bien por maldad. A los ignorantes los puedo perdonar. A los segundos, no.
Aunque en Paraguay la mezcla étnica es distinta que en otros países de hispanoamérica, el servicio doméstico, al menos en la ciudad y más concretamente en la colonia donde vivimos, parecía venida directamente de tiempos precolombinos.
Nuestra cocinera, a la que nosotros llamábamos Sandra porque su nombre en zamuco se aproximaba bastante, era una chica excelente. Leal como nadie pero promiscua como ella sola. Tenia una niña de la que imagino tenía tanta idea de quien podría haber sido su padre como el resto de nosotros. La niña y ella siempre estaban juntas, no se despegaban, hasta que la convencimos para que recibiera las mismas clases que mi hijo pequeño, ya que mis hijos seguían planes de estudio españoles en casa, con un profesor particular, previniendo el regreso a la patria, por evitar lo que ahora se llama fracaso escolar.
He dicho que Sandra era leal. Lo fue tanto que murió enfrentándose a un ladrón que entró en la casa cuando nosotros pasábamos unos días de descanso en Concepción. Nos avisaron de la embajada y regresamos a escape. La niña nos esperaba llorando en las dependencias de la embajada. Decidimos que la hija de Sandra, Sandra también, seguiría viviendo con nosotros. Y cuando regresamos a Madrid, mi mujer y yo, con el decidido apoyo de mi hijo mayor, decidimos que vendría con nosotros a España. El propio Stroessner lo autorizó, y facilitó todo a golpe de teléfono.
Hoy, esa pequeña es una mujer ya madura, casada con aquel hijo mio que se hizo hombre allí, y cuñada del pequeño que compartía clases con ella, y del resto de la prole. Piel de cobre y corazón de oro. Quizá por aquello de que el roce hace el cariño, por vivir juntos tanto tiempo sin compartir la misma sangre, o porque los dos son almas limpias y estaban destinadas a unirse, ambos están entrando en la vejez juntos, de la mano, sin el más ligero sobresalto durante todo su matrimonio. Nosotros tuvimos dos hijos en uno, y ellos eso se ahorraron en suegros.
Recuerdo aquella noche en Madrid, con toda la familia de pie frente al televisor para ver los primeros pasos del hombre en la luna. Y la recuerdo porque esa noche, Eduardo, el niño que dejó de serlo en Paraguay, me contó lo que sentía por Sandra hacía ya un tiempo, y que su madre y yo ya conocíamos. Sandra ya no era una niña pequeña. Ni siquiera era una niña, era una belleza. Y una excelente persona.
Uno de mis nietos, hijo de Sandra, ya a punto de formar hogar por su cuenta me contaba como frecuentemente lo toman por un inmigrante, y se sorprenden de verlo no levantando paredes, sino con los papeles de arquitecto bajo el brazo. Y tiene miedo de que, tal y como va la sociedad, sus futuros hijos, mis bisnietos, sufran la ira de una sociedad que el ignoró en su infancia.
Por eso, cuando veo a algún idiota que mancilla nuestra simbología, la que paseamos con tanto honor recorriendo media Europa a pie, asociándola a esos comportamientos propios de cretinos, siento una profunda vergüenza ajena.
Quien piense que los falangistas somos racistas es, bien por desconocimiento absoluto, por no haber leído con calma a José Antonio... o bien por maldad. A los ignorantes los puedo perdonar. A los segundos, no.
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